TALA O CÓMO MORIR AÚN CUANDO CREES ESTAR VIVO

Ciñámonos a lo visto y no a lo leído. Hablemos de Lupa y no de Bernhard si es que se puede. Miro al escenario y veo personajes que susurran; que se mueven casi sin moverse; que se deslizan de un lado al otro del escenario o de un extremo al otro del sofá sobre el que más que descansar parece que vayan a ser engullidos.

En apariencia todos están vivos o al menos intentan parecerlo. Al otro lado, también en un sofá, apartado del resto del grupo el autor de las palabras que vemos ahora hechas carne interviene de vez en cuando para darnos algunos detalles sobre la estampa cadavérica de ese grupo de artistas que alguna vez lo fueron y que ahora no lo son tanto. De alguna manera somos capaces de ver a través de los ojos del autor, que ha sido invitado a esa cena, cadáveres en movimiento, crisálidas que hace tiempo contuvieron un cuerpo vivo y que ahora cuelgan inertes, ajenas incluso al paso del tiempo. El salón de grandes cristaleras donde ocurre gran parte de la acción los contiene como si de un gran sarcófago transparente se tratase. Están allí para recordar a Joana, una amiga bailarina y actriz que se ha suicidado. Los ha abandonado quizá porque el éxito le abandonó a ella previamente. Quizá porque sus valores como artista le impedían dejarse llevar por un sistema de producción que se aleja de cualquier principio creador. De ahí que los que aún siguen vivos lo hagan alimentándose de su propia vanidad, sustentando sus días en un esnobismo pseudoartístico y subordinando su arte a los poderes públicos. Sin darse apenas cuenta de que esos mismos poderes que al parecer los protegen serán los que un día u otro acaben con ellos para siempre. Porque no hay más que leer el periódico para darse cuenta de que eso mismo que Lupa nos deja mirar desde nuestras butacas por las que hemos pagado un precio, a mi modo de entender y valorar las cosas por las que pago, demasiado elevado (no de manera metafórica, sino literal) está pasando aquí y ahora. Y si no, que se lo pregunten a Jordi Savall y a Colita.

Cuatro horas y media escuchando a Bernhard a través de Lupa. Cuatro horas y media que comienzan a pesar sobre todo en el segundo tramo del espectáculo. Cuatro horas y media enmarcadas por un espacio escénico que en muchas ocasiones restaba en lugar de sumar. Retazos de vida contenidos en formato cinematográfico que a veces sólo “amenizaban” aquello que mirábamos. Tiempo suficiente para decidir en qué lado nos queremos quedar: ¿fuera o dentro del cristal?


texto_ alejandro curiel