DATA, los datos y lo que se les escapa

Si pudiéramos clasificar los solos en dos categorías, la de los que de algún modo refuerzan la soledad de un intérprete atrincherado ante el mundo y la de los que, al contrario, lo desdoblan y lo multiplican, deberíamos llegar a la conclusión de que DATA, de Manuel Roque, que hemos podido ver en la sala Hiroshima, se encuentra justo en el punto medio entre ambas.

En el inicio, el cuerpo: DATA es poco más o menos que un cuerpo moviéndose, contorsionándose, deformándose y conformándose. Un cuerpo tal que problematiza la misma posibilidad de ser habitado por un individuo. El mismo cuerpo, la misma masa, es el receptáculo de una sucesión de carnalidades que parecen darse paso las unas a las otras en una operación dirigida por un malvado demiurgo. En la dicotomía que hemos planteado entre deformación y conformación yace una de las claves de la pieza: el desmantelamiento de la funcionalidad orgánica del cuerpo revela su pasado prehistórico, en una especie de pulsión arqueológica que se empeña en desvelar, no tanto la capacidad potencial del cuerpo de desestructurarse y de articularse en una variedad de formas prácticamente infinita como la capacidad de la sociedad de crear monstruos (palabra cuyo étimo, no debemos olvidarlo, se relaciona con voces como mostrar, advertir o avisar) que, a un mismo tiempo, nos muestran quiénes somos y nos impiden ser quienes deseamos ser.
Y es que el cuerpo en movimiento de DATA está habitado por un sujeto literalmente asocial (que no antisocial), que parece haberse arrancado de la sociedad para mejor examinarse y, quién sabe, para mejor dejarse examinar: su mundo es un mundo áspero, árido y escarpado en el que penetra la mirada del espectador como la de un entomólogo ávido de capturar un raro espécimen que, disociado de su hábitat natural, se desplaza sobre una trayectoria que, a fuer de errante, aparece ante nuestros ojos como más y más perfecta.
Así, presa del pánico, el insecto observado despliega su instinto de supervivencia en una forma última de sometimiento: no a las reglas que su biología le impone, ni a las estructuras propias de su comunidad, sino a la vida misma, a la necesidad imperiosa de seguirse moviendo, de seguir transformándose y de seguir creando monstruos.

Y el humor. En sus reencarnaciones, en sus transformaciones, Roque, o el cuerpo de Roque, o la masa que es el cuerpo de Roque, se acompaña siempre de la alegría. No tanto de la carcajada como de la ligereza del estar vivo, de la liviandad del acróbata que acomete su peligroso salto con una mueca que no se sabe si dirige al público o a sí mismo. El espectáculo juego con fuego: con el fuego de la gravedad, con el circunspecto gesto del catedrático; pero sale indemne de tal empresa porque no deja de descubrirnos que no está quemando una antorcha mistérica, sino un campingaz, que el monolito que preside su desolación no es objeto de reverencia sino, a lo sumo, el escondite de un juego infantil; sale indemne de su incendio porque el arqueólogo que lo dirige resulta ser un niño que disfruta con su último regalo. Postulado: bajo la trivialidad del razonamiento infantil, de su descubrimiento del mundo, yace lo más serio, lo más importante y lo más misterioso que puede darse.

Y la muerte. La pieza musical que acompaña a la pieza, el Réquiem de G. Fauré, dispone programáticamente el eterno reposo de las almas. Fauré, sin embargo, y contra lo que la tradición parecía haber establecido, rehuye el tremendismo y la invocación del miedo, a los que prefiere el calmado arrullo que acompaña al hombre hasta su destino. Las creaciones quiméricas, las apariciones dantescas que emergen del cuerpo del intérprete no son admoniciones goyescas: pese a que el sueño de la razón produzca monstruos, la monstruosidad es también la etiqueta que le damos a aquello que nos ha precedido, que tememos y que, por lo tanto, abominamos. La mitología nace de la necesidad de controlar aquello que nos supera: las tormentas, las erupciones, el nacimiento y la muerte. Los mitos, los extraños animales que en DATA aparecen como constitutivos del cuerpo, como yacentes en el cuerpo, solo pueden abrirse paso a través de los resquicios de lo plácido, nunca por entre los terremotos de la apocalíptico; y son, por eso mismo, mucho más terribles.

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