Reactivando los posibles

Entrada sobre Bailarina III de Amalia Fernández / Sonia Gómez

“Utópico implica básicamente la presencia de lo imaginario porque la ficción es inherente al proceso sensorial en sí. Lo utópico no trasciende la realidad, pero la contamina con la actividad incesante de nuestra percepción”
Xavier Le Roy, Autoentrevista. 2000.

Antes de la pieza.
Durante la pieza.
Después de la pieza.

Pensamos un mundo de posibles. Posibles pasados, posibles presentes, posibles futuros. Hemos desarrollado la capacidad de fantasear e imaginar lo que no es aunque podría ser, porque lo que hay no nos parece suficiente. Queremos otra cosa, una realidad cambiada por el anhelo ferviente de que es posible hacerlo mejor y diferente. Recontextualizar ‘la cosa’. Entonces imaginamos, figuramos y somos fieles a la idea de que algo cambiará por el simple de hecho de replantear lo que ya existe. ¿Qué espacio sino el escénico es el que puede lidiar con este impulso latente?

Sonia Gómez propone un ejercicio de confianza, se siente en buenas manos y se deja manipular como buena intérprete por Amalia Fernández quien distorsiona, resignifica y reactiva la pieza Bailarina que se ve manoseada y transformada para ser algo mejor, algo diferente. Un juego de miradas y perspectivas que cambian, un juego de pensamientos dichos en voz alta, un juego de comunicación ideal (también irreal) entre cuerpo que ejecuta y cuerpo que conduce, un juego de posibles.

Una bailarina, una coreógrafa y una partitura de ocho movimientos o instrucciones plantean un paisaje un tanto rutinario e incluso ya conservador para un espectáculo de Danza. Pero hacer visible el hacer, aquello que normalmente no vemos, el proceso de construcción y diálogo de una pieza de Danza resulta interesante en tanto que resistencia a un producto final. No se trata de visualizar ‘la construcción de una pieza’ pero si ‘la acción de imaginar una nueva pieza’ como producto en sí mismo.

Cuando imaginamos estamos haciendo un ejercicio de recuerdo y olvido al mismo tiempo porque el futuro que estamos proyectando no es sino un pasado transformado, una referencia con un cambio de tono, un diseño inventado encima de un ayer que poco a poco desaparecerá. El olvido se come al recuerdo para dejar sitio a la imaginación. Para imaginar la nueva pieza de Danza Bailarina III hay que recordar la antigua pieza de Danza Bailarina, olvidarla, desollarla, desmembrarla, borrarla, para trazar nuevas líneas encima. Sonia Gómez se presenta así, dispuesta a ser transgredida por su propio deseo, que alguien manipule su creación, y en un acto de hacer memoria deja el material listo para su propia decapitación.

Antes de Bailarina.
Durante Bailarina.
Después de Bailarina.

Amalia Fernández y su increíble imaginario se ponen manos a la obra. Las dos ejecutoras viajan por las ocho acciones que definen el solo Bailarina a modo de posibles propuestas de resignificación. Nada es tan transcendental o todo lo es, y dentro de este marco de ‘Quizás así, quizás asá…‘ se asoma la relación entre coreógrafa e intérprete, la soldadura de la dicotomía. Sonia Gómez que representa, significa y es intérprete no sólo obedece las directrices de Amalia Fernández, también propone. Amalia Fernández no sólo dicta, también hace. La incertidumbre de la jerarquía entre los dos cuerpos aparece en el propio vínculo de los mismos: un intercambio de pensamientos y ficciones, una correspondencia en doble sentido de distorsiones y manipulaciones del material original que hacen de los roles creadora-ejecutora algo misterioso, desdibujado, confuso y por lo tanto fácilmente intercambiable.

Un espectador levanta la mano y pregunta si se puede cambiar de sitio porque la perspectiva de visionado no le parece la mejor. Otra espectadora pide a la bailarina y a la coreógrafa si pueden repetir la acción que están ejecutando un poco más cerca porque no puede apreciarla. Hasta es posible irrumpir en la escena para evaluar de cerca los detalles que no se ven desde la silla. Esto va de perspectivas y de miradas. El espectador como testigo de lo que ocurre pero también como parte activa de la construcción de la pieza, porque la pieza no sería pieza si el espectador no pudiera  imaginarla. La pieza se sumerge en un archivo o inventario encadenado de imágenes físicas y mentales que nosotros debemos asumir y participar de él con nuestra imaginación y por lo tanto intervenimos directamente en la construcción de la pieza. Intervenimos porque cambiamos las perspectivas de las imágenes en calidad de espectadores activos,  porque generamos colectivamente un mundo de posibles (y por lo tanto de ficción) estimulados y guiados por las acciones de Amalia Fernández y Sonia Gómez: sus viajes imaginativos, sus visiones, son también nuestras visiones. Bajo una limpieza formal en un contexto convencionalmente no teatral se genera un mundo de paisajes, horizontes y vistas.

Antes del Apocalipsis.
Durante el Apocalipsis.
Después del Apocalipsis.

El poder performativo de la imagen y la acción nos propone en un acto memorístico del pasado un nuevo futuro, una ordenada distorsión entrópica, una proyección de movimientos posibles para mejorar una coreografía.

Y con todo, aún no sé pronunciar bien la palabra imperececero…, impedecedero…, impredecedo…, imperecede…


Texto: Xavi Manubens

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