Bonne, belle, douce

El 5 y el 6 de diciembre se presenta en la sala Hiroshima Bonne, belle, douce. Os proponemos una serie de reflexiones más o menos desordenadas sobre la pieza.

1. El cuerpo. ¿Cómo podemos vernos a nosotros mismos? Esta parece ser una de las preguntas vertebradoras del espectáculo: el juego y la recreación sobre la mirada, sobre la visión del propio cuerpo, sobre la externalización del cuerpo. La secular tendencia del pensamiento occidental al dualismo no aparece aquí como un problema que haya que resolver, sino más bien como un punto de partida al que, más allá de su simple aceptación, merece la pena prestar una profunda atención. Si el sujeto está sujeto a su cuerpo, ¿cómo puede un individuo hacerse? ¿Recreando o mejorando su propio cuerpo? Más allá de la puerilidad (en el sentido estricto del término) del descubrimiento del cuerpo, o del descubrimiento del cuerpo del otro, se plantea aquí una investigación sobre la diferencia, sobre la oposición entre el yo y el que no es yo, como mecanismo primario de construcción; esto es: de conocimiento.

2. La luz. Sin embargo, ante la luz cegadora del conocimiento, Bonne, belle, douce prefiere la oscuridad, la penumbra de la interrogación o de la duda. Si nos atenemos a la literalidad, habremos de reconocer que no se trata de un espectáculo deslumbrante: ¿qué somos capaces de ver? o, más bien, ¿qué tipo de cosas acontecen bajo la luz y cuáles solo podemos llegar a contemplar en la oscuridad? Hemos de entender que el ágora, el foro, son el espacio de la luz, de la claridad, de las relaciones dialógicas y políticas; y que la habitación, la alcoba, es el lugar de la oscuridad. La pregunta que aquí nos ocupa (y que no por repetida ha quedado zanjada) es cuándo somo más un individuo, cuándo necesitamos más a los otros o de qué manera los necesitamos. Imaginemos, como se ha hecho ya anteriormente, al primer individuo que fue capaz de controlar el fuego. A poco que tuviera una mínima capacidad para maravillarse de las cosas (y podemos dar por sentado que la tenía), nos resulta demasiado tentador verlo ensimismarse con los juegos de las sombras en la pared como para no hacerlo. Pues bien, ese individuo descubrió, como ha descubierto cualquier niño en un momento u otro, el poder perturbador de las sombras. Perturbador por inseguro, por inestable y por provisional. Las sombras son el espacio de los miedos; pero el miedo es a la vez un impulso para el descubrimiento, para la generación de la curiosidad y, en definitiva, para el movimiento o la parálisis de la sociedad.

3. ¿Qué tipo de sociedad somos? (De acuerdo, quizás el planteamiento de la pregunta parece abocado a un estrepitoso fracaso o a un inacabable discurso crítico sobre cualquier tema que a uno le pueda pasar por la cabeza; pero prosigamos.) El hecho es que Bonne, belle, douce habla de la sociedad: del atavismo, de lo mecanismos del poder, de la indignación, del desamparo y de la compañía (por este orden). Todo parte de un cuerpo que luego son dos y luego, quizás, tres; pero que en ningún momento dejan de ser uno. No podemos olvidar que el tan denostado individualismo de la contemporaneidad parte en cierta medida de la más importante construcción de la modernidad: el hombre, el ser humano. La centralidad del sujeto, la consideración de la sociedad como un conjunto de sujetos no puede obviar el mecanismo principal de construcción del yo: yo es lo que no es el otro.

4. El otro. Eterno tema de reflexión: la definición del otro (que no de lo otro). En nuestra construcción cultural, no podemos negar que el otro es el opuesto e, incluso, el enemigo, el que vive en el infierno o el que crea el infierno, el diablo. Pero el diablo es también Lucifer, el portador de la luz, y ahí parece profundizar el espectáculo. El otro es tanto el que no es yo, el que no posee mi cuerpo, como el que yo querría ser o el que me ayuda a ser yo mismo. De hecho, el otro es aquel a quien puedo observar, aquel contra quien me hago. Nada más abominable que la imagen de un ser solo, en la más cruda acepción de la soledad. Pero el otro no es solo mi igual, mi espejo, sino también mi superior en todos los sentidos: el que tiene poder sobre mí, el que es aquello a lo que yo aspiro, el que me resulta necesario. El otro es también mi inferior: mi esclavo, mi ayudante, mi siervo… el que me resulta necesario.

5. ¿Hacia dónde vamos? Cuando Genet escribió Las criadas (texto en el que dice basarse el espectáculo que nos ocupa), lo hizo para un cierto mundo: uno de burgueses y criados, de ricos y de pobres. De aquellos polvos, estos lodos, que decía aquel: Bonne, belle, douce está pensado para un mundo de burgueses y criados, de ricos y de pobres. La cuestión, sin embargo, va más allá: la criadez (perdón) es, ahora, la norma: tal parece ser el origen ideológico de la pieza. El control sobre los mecanismos de producción ya no es ejercido tanto por un conjunto de individuos como por algo mucho peor: una idea, un ideal, una fuerza oculta en la estructura de la sociedad. La noción de mecanismo no es aquí baladí: ¿qué es un títere sino algo movido por una fuerza completamente inalcanzable para él? Cuando el enemigo se esconde en las sombras y nos hace dudar de su existencia se vuelve mucho más poderoso. Cuando el desenfreno coexiste con el fascismo, la indignación resulta casi frívola. Cuando un individuo rinde pleitesía a un ideal, a una perfección, desconoce su propia destrucción.

6. ¿Quién coño somos? Algo (parece que) queda claro: al final acaece la muerte. Pero eso, que la mayoría de personas ya sabemos, no constituye ninguna revelación (esperamos). Y otra cosa: al final solo estoy yo, o quizás, en realidad, no. Al final, cada miembro del público está solo, pero no solo en su soledad, sino solo ante el espectáculo.

7. (El día del descanso del Señor.) Como al final el Señor descansó, y el mundo inició su marcha y los humanos nuestro dominio sobre él, así las nociones de descanso, de dominio y de posesión (uso, abuso, desuso, apropiación y abandono) de lo vivo aparecen en Bonne, belle, douce como pequeños destellos. Si uno se construye a partir del otro (en este mantra que venimos repitiendo desde el primer punto), quizá es pertinente preguntarse si este uso de quien no es yo no constituye necesariamente una forma de dominio. Si la oscuridad es el momento del descanso, quizá debemos indagar sobre la luz (lo público, lo político, lo social) como generador del cansancio. Si los rituales son un estructura de construcción social (a fuer de forma de construcción del individuo), quizá resulta necesario reflexionar sobre la estructura oculta que se realiza en dichos rituales. El dominio de lo vivo implica siempre, de una forma u otra, la supresión de la conexión de lo dominado con la vida; pero implica también, de una forma más extraña y más perversa, la desconexión del dominador.
I. Villegas

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