PARA SER VISTO COMO SCREENSAVER

Sobre el espectáculo “Screensaver” de Manuel Rodriguez.

Manuel Rodríguez saca a la luz Screensaver, su segunda pieza de larga duración tras haber presentado sus credenciales como intérprete en compañías como La Veronal, Sharon Fridman, Taiat Dansa o La Compagnie du Hanneton. En esta última podemos ver a Manuel Rodríguez en el espectáculo Tabac Rouge donde hace gala de todo su potencial como bailarín junto a James Thierrée.

En contraposición a los límites, los cuales daban título a su primera obra coreográfica, datada del 2010, en Screensaver todo está a la vista, sin fronteras, el escenario carece de bambalinas y los lindes de la escena quedan marcados por las paredes de la sala. Tal complaciente intendente, Manuel Rodríguez presenta en solitario con una manera protocolaria y densa unas estructuras visuales para ser contempladas, van siendo expuestas de una forma donde reina la lentitud, pensando en ahorrar energía, tal salvapantallas de ordenador; dicha energía sólo queda patente en los últimos minutos de la pieza, donde se muestra exquisitamente la organicidad que tiene el dinamismo articulatorio de su cuerpo como bailarín, en este caso también coreógrafo. Y es que tras todo el paso de instalaciones estructurales expuestas por el artista, su danza final obtiene un cariz muy peculiar, como de querer aún más si cabe, sedimentar todo lo anterior. Su movimiento, en ocasiones lejano a lo humano se cristaliza con un patrón más de salvapantallas, su danza es como un ruido de fondo perfecto e infinito, un hormigueo gris constante de pantalla de televisión con la señal del canal no disponible.

Un salvapantallas es una imagen que danza constantemente, pero es una danza para ella misma, que no está hecha para ser contemplada; en consonancia con ello, Manuel Rodríguez relaciona la contemplación de sus estructuras visuales con un acto relacionado con la fe, para ello emplea imágenes religiosas como el símbolo de la cruz. Pero al igual que un salvapantallas, la fe no está hecha para ser vista, la intervención de alguna deidad es algo que no se puede contemplar con la mirada. Screensaver puede hacer pensar que todo lo visual, lo contemplativo, lo admirable y hasta los más puros milagros vienen regidos por intromisiones divinas. Por lo tanto todo lo tocado por la fe, aunque sea algo tan banal de admirar como el salvapantallas de un ordenador, puede llevarte a guiar y proyectar hacia una trascendencia, aunque el paisaje que estés atravesando se constituya de patrones estructurales a priori tediosos, caleidoscópicos y repetitivos.

Sin querer seguir topando con la iglesia, el concepto de contemplación que propone la obra de Manuel queda asociado con un paseo por un museo de arte moderno en el que podemos pararnos a observar todo tipo de obras de vanguardia; pero a diferencia de las piezas de un museo, en Screensaver encontramos el valor artístico en la intelectualización sobre el concepto mismo de contemplar o llegar a percibir algo. Durante el paseo por el “museo” de Screensaver la contemplación de los objetos situados por el artista buscan hacernos reflexionar sobre la manera de verlos; al igual que cuenta el filósofo francés Gilles Deleuze bajo las ideas de Spinoza, las imágenes que nos propone Manuel Rodríguez quedan muy alejadas de la idea asociada a una relación directa con el objeto que representa y ante ese estudio contemplativo nos situamos más cerca de la idea de afecto, que Deleuze refiere a todo tipo de pensamiento no representativo. Un pensamiento generado por simples imágenes suspendidas en el tiempo (como pueden ser una simple planta en maceta o el mismo Manuel tapado desde la cabeza con una sábana a modo de Moma del Corpus Christi) que nos va fluyendo por derroteros extraños, alejados de la realidad formal de la idea y cercanos a la del afecto, un fluir de algo al igual que nuestro andar por el paisaje de periferia urbana en la proyección de video que cierra el espectáculo.

Hay que destacar la imaginativa plástica que atesora el creador, la cual queda plasmada de  manera original en su obra, que presenta en todo momento un aire muy inusitado tanto en la forma como en las texturas exhibidas. Por una parte, con el empleo de esa estructura de mármol estable, pesada, reflejo de larga duración en el tiempo de los procesos (como la parquedad con la que el artista lleva a cabo su protocolo); por otro lado con el blanco y negro del Yin y el Yang se muestra el concepto de simetría y uniformidad, que ayuda a contemplar de una manera más intensa toda contraposición de diferentes gamas de grises que hay entre medio y todo el panorama de color que queda fuera de ese blanco/negro, como por ejemplo la pantalla de color del ipad que está situado toda la pieza inamovible en proscenio de la escena. Una pantalla que, al igual que la estructura de la obra, queda suspendida en el aire, dejada en punto muerto, quieta pero del mismo modo viva en su interior, muy capacitada para poder llegar a ser contemplada, el tiempo que puedas llegar a proyectarte en una línea melódica de trascendencia de pensamiento.


texto_  sergio pla

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