SIGNIFICANTES Y SIGNIFICADOS ISLANDESES

Sobre el espectáculo “Islandia” de La Veronal

Al igual que Islandia es uno de los lugares del planeta más susceptibles al cambio, tanto geológico como político y social, la Islandia de La Veronal, estrenada en el año 2012, se encuentra supeditada a un constante cambio y revisión, actualizándose constantemente al momento actual y al país donde se represente.

Espacio elegante, limpio, blanco, nieve, hielo, frío. Una voz en off, subtitulada. Cinco mujeres y un hombre en escena, todos vestidos de blanco, con polos del Decathlon con el cocodrilo enganchado… Los cuerpos de este hombre y estas mujeres, la voz en off, la voz de Tanya Beyeler (la actriz del reparto, siempre detrás de las mesas de conferenciante) y la voz de los bailarines al acercarse a los micrófonos que hay delante, a primera línea de fuego, dialogan en este espacio pulcro donde está todo por escribir… Hoja en blanco, dispuesta a recibir ese momento actual.

La Islandia del mapa es naturaleza desbordante. La Islandia de Marcos Morau puede ser cuerpo y palabra desbordante, ondulante, ornamentada, compleja como una frase de Roberto Fratini  (su nombre aparece como por casualidad en el programa, pequeño, tímido… pero su fraseo le delata), o puede ser cuerpo y palabra icónico y sintético como una bandera.

En las escenas icónicas de la pieza se crea un vínculo muy fuerte entre la palabra y la representación de la misma en una imagen. Se busca una conexión instantánea entre la imagen que nos proporcionan esos cuerpos vestidos de blanco y el concepto que representan. Lo visual queda absolutamente sobrepuesto al resto de estímulos. Dicen que una imagen vale más que mil palabras… pero en este caso no la dejan hablar sola, sino que siempre va acompañada del nombre de un país, de una persona famosa, políticos, artistas, etc. Es un bombardeo acelerado de situaciones vividas, casos de corrupción, canciones preferidas, la última ley aprobada, películas lacrimógenas, la última subida del IVA… Ni la voz en off ni los subtítulos ni los intérpretes en escena dan un discurso explícito y argumentado sobre la política cultural actual, pero esa sucesión de imágenes y grandes titulares hace que cada espectador, en un tiempo cero, sí haga una reflexión sobre ello.

Un juego de clichés. Humor barato, quizás, basado en la idea de que las cosas catalogadas como infames se llegan a ver como algo gracioso puestas en un contexto serio de representación corporal. Resulta que algunos inquietantes males de la sociedad arrancan la risa a más de uno en el público (y el que se considere inocente, que tire la primera piedra). Al acabar la obra nos damos cuenta de que la risa o la sonrisa nos venía únicamente provocada por las situaciones nefastas del país en el que vivimos. Pero sea como sea, cuando la danza arranca sonrisas es que delata salud; celebremos pues que La Veronal aporte salud a la danza, en ocasiones demasiado pesimista.

Una de las grandes astucias de este juego es que crea una expectativa, parecida a la de cualquier juego de adivinanzas. Crea impaciencia. El espectador necesita la respuesta con cada vez más urgencia porque capta la imagen con cada vez un tiempo más reducido…

Estamos acostumbrados a recibir la información por la vista y con rapidez. Marcos Morau (y su excelente dramaturgo Pablo Gisbert, evidentemente) se cuestionan sobre este gran poder de la imagen por encima de toda idea, de todo significado. El pulso entre significado y significante, entre imagen y palabra es como un juego que contrasta con los momentos de poesía propios de las piezas de La Veronal. Si falta mucho todavía para que su lenguaje coreográfico pueda llegar a cansar, todavía falta mucho más para que pueda cansar su poética escénica.

La delicadeza del sonido es otro punto fuerte de la pieza, que permite hacer volar la imaginación más allá de las paredes del teatro, del blanco del escenario y del negro de la sala. No es sólo una cuestión de elección de qué música, en qué momento y qué versión… sino un acierto total de volumen y de calidad del sonido. De la misma manera, Tanya Beyeler va cambiando de idioma, y la musicalidad de cada lengua,  combinada con su acento particular, le dan al texto un encanto que no pasa desapercibido.

Destacable y estimable queda la última escena danzada por Manuel Rodríguez, que a su vez sirve ampliamente para disipar la idea de los que vieron días antes su pieza Screensaver (también dentro del marco del festival Sâlmon) y que quisieron ver en más cuantía su preciso baile basado en el movimiento articular.

En la obra de La Veronal toda la danza viene regida por la idea de que todo movimiento sea llevado a cabo o impulsado por un movimiento anterior. Todo es movimiento: al igual que en un Péndulo de Newton, el cuerpo de un intérprete ocasiona el movimiento de otro al contactar con él; o el movimiento articular de una parte del cuerpo hace que responda otra parte diferente y así sucesivamente; e incluso en una parte de la obra, el cuerpo blanco con polo de Lacoste queda sometido a un movimiento constante debido a un cable envuelto y liado a él, de tal manera que al estirar una parte del cuerpo y al tensar el cable se mueva otra parte, tal títere de hilos. Todo movimiento queda supeditado a una justificación que reside en el movimiento inmediatamente anterior. Es que con esta obra, reproductora escénica del mundo actual, se puede observar que la sociedad genera una constante y absoluta movilidad de todo (aunque no quiera decir que sea un movilidad libre); toda movida provoca otra movida, como ocurre con la secuencia del pulsar de mis dedos al escribir Islandia o ahora, en este mismo momento, con el viaje de tus ojos al pasar por Islandia.


texto_ anna romaní & sergio pla

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