Galopa y no mires atrás

Sobre la función de El canto de los caballos de Lipi Hernández, presentado en el Graner. Función del viernes 5 de diciembre.

Cojines para sentarse en el suelo, puesta en marcha de la acción cuando el público aún está entrando por la puerta del Graner, y una pieza basada en la improvisación llamada El canto de los caballos, para varias intérpretes. En este ambiente distendido pude leer: pónganse cómodos y disfruten, que nada en esta vida es serio.

El canto de los caballos es una llamada a la libertad: el de estas yeguas relinchando en nuestros ojos para que recordemos el poder distractivo y paradójicamente compositivo de la improvisación. ¿Una manada de diez integrantes o una de nueve con domadora? Cuando la estructura de la pieza viene marcada pero los movimientos no definen los cambios, algo tiene que guiar a los animales para ponerlos de acuerdo. Un rol, éste, que Mercedes Peón jugó en la acepción más lúdica de la palabra, consiguiendo mantenernos bien dentro todo el rato. Gallega de denominación (al igual que yo), sabe cómo hacer una buena fiesta y desbocar la manada como en una buena Rapa das Bestas a base de pandeiretas, aturuxos, gaitas y otros juguetes con los que sabe cautivarnos. Puede ser que este papel de música fuese el que de forma obvia la distinguiese, aunque tratase de integrarla como espectadora formando parte del grupo sin distinción. Pero sus intervenciones denotaban una gran distancia y era claro que ella marcaba los cambios de ambiente en la estructura. Más bien, una maestra de picadero.

Manada que se quiso representar, como en cualquier familia, con miembros de edades diferentes, cada cual con sus objetivos y funciones, pero todos unidos. Selecciona buenas intérpretes, de adolescentes a adultas, para dejar entrever que la danza es algo accesible para todos y no ya algo elitista. Entonces, ¿por qué los caballos son todas yeguas? Una predilección bien clara hacia lo femenino como apuesta, o reivindicación… o contradicción.

El símbolo del caballo como algo que transciende el género, aquello que se puede domesticar y controlar haciendo virtuosismos (o descontrolar sierra de Manzaneda abajo), latigando el tiempo con la crin del sobaco desmelenada, pasar de cero a cien de golpe como los caballos de un Ferrari: purasangres o patas negra, cada criatura no tiene par idéntico en este mundo. Cada cuerpo, en la pieza, se adaptó a un diseño de movimiento o unos sistemas corporales más afines a su biomecánica o patrones predilectos, para acto seguido explotarlo en sus solos o pacientemente enseñarlo, como si de profunda sabiduría se tratase, al resto de la familia que atentamente lo va copiando. A veces, como un cachorro recién nacido que tropieza con sus patas y mira a su madre repitiendo patrones que les desplazan y sacan adelante; otras, como una estampida de animales que mantienen una conexión especial de escucha activa en su movimiento conjunto, como bandada de aves girando a la vez o banco de peces siguiendo la misma trayectoria, o caballos que, comunicados energéticamente, galopan como uno solo hacia el crepúsculo del ayer.

Para bien o para mal, el mundo de la improvisación es único. Un instante lleno de plenitud que se hace eterno, con sus riesgos, sus proezas y sus suciedades. Al fin y al cabo, lo que uno escribe con permanente, no se puede borrar.


texto_ yerai m. rodríguez   imagen de portada

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s