No estarás muerto mientras alguien piense en ti

Si la belleza tiene alguna relación con el amor, parece que podemos intuir el camino que ha llevado a Angélica Liddell a sumergirse, en Tandy, en las oscuras aguas de la terrorífica resurección de lo hórrido.

«El escenario principal del amor es el conflicto identificatorio: “La entidad del amor es la identidad del sujeto”. 
El amor: Una locura que resulta necesaria para evitar la otra. Locura para estar cabal, que es como decir que se posee identidad. Para ser uno mismo hay que amar. Sin amor no se obtiene la identidad y se enloquece. Paradójicamente, como lo es todo cuanto concierne al amor, para ser uno mismo hay que alienarse, enajenarse, enloquecer en el otro, es decir, amar. Sólo saliendo ‘fuera de sí’ puede obtenerse el sí mismo de la identidad.»
Fernando Colina. Del amor y otras psicosis. Revista de la asociación española de neuropsiquiatría, vol. 1, no. 2 (1981), p. 57.

Primera muerte de Dios: siglo XIX. Segunda muerte de Dios, o la libertad por el trabajo.

Y, sin embargo, seguimos hablando de Dios, seguimos hablando del amor y de la redención. El amor (o el enamoramiento) como locura, y la locura como redención. Liddell sabe bien que «amar es sentirse permanentemente abandonada» (Todo el cielo sobre la tierra (el síndrome de Wendy)); y que no hay nada como el abandono para intentar redimirnos de ser nosotros mismos. La enajenación psicótica: he ahí el límite asintótico del programa humano una vez desaparecida la belleza. Ni el hastío ni el alcoholismo parecen tener la capacidad de conducirnos a ninguna parte: la inútil tarea de resucitar a Dios solo tiene sentido si sabemos de su inutilidad y, a pesar de ello (o tal vez gracias a ese conocimiento) perseveramos tenazmente en nuestro intento.

Quizás Liddell se haya cansado de gritar, pero en ningún caso ha cejado en su camino, cada vez más extrañamente semejante a la salmodia de un ermitaño. El solipsismo ineficiente del espectáculo convoca al público no para pedirle su destrucción, sino por una pura rutina funcional: al abandono de Tandy le sigue la petición de amor (en su forma divinamente psicótica).

Mao: cómo asesinar la belleza con un libro; Breivik: o cómo asesinar por trasposición.

«Nos volvemos cada vez más viejos, repulsivos y deprimentes, pero necesitamos ser amados. Lo único que tenemos que decidir es hasta dónde estamos dispuestos a humillarnos. Y si digo, yo soy Wendy, es para vengarme por todo aquello que me ha sido arrebatado. Si no puedo ser amada por los vivos, me asociaré con los muertos.»
–Angélica Liddell, a propósito de Todo el cielo sobre la tierra (el síndrome de Wendy).

Asociarse a Dios = Abandonarse al Amor. El ahínco de Liddell en la autoasignación de tareas colosales no toma aquí una forma tan extenuantemente física como en La casa de la fuerza, ni tan intelectualmente absurda como en Ping Pong Qiu; pero quizás este (aparentemente relajado) Tandy supone una imposición aún mayor que todas las anteriores.


texto_ i. villegas

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