Costuras, The Suit y Peter Brook

Empezar a escribir cualquier cosa sobre las grandes figuras del arte siempre se plantea como algo, inicialmente, problemático y difícil. Así empezó mi aventura con este artículo sobre The Suit de Peter Brook. Ochenta y nueve años de vida, y casi setenta de experiencia en el teatro cohiben a la voz cualquier joven.
Tuve que volver a sus entrevistas, a sus páginas, a su considerarse sólo colaborador de sus espectáculos, para darme cuenta que su principio de trabajo fundamental era lo que me permitiría escribir sobre él: la humildad verdadera.

The Suit podría erguirse como una muy probable síntesis del trabajo e intereses de Brook durante su carrera. Y de ahí que éste marque un curioso diálogo con los últimos hits del actual posmodernismo: la pugna con el trabajo de las costuras.
Al margen de toda cuestión de gusto, el trabajo de Peter Brook se presenta como extremadamente cuidadoso con “las costuras”, o sea, con las uniones y las relaciones entre todos los elementos de la escena. Es por eso que Brook deviene recordatorio para nuestra generación de dramaturgias destroyers y aparatos deslumbrantes.

Peter Brook, como si de un artesano se tratara, firma siempre con una redondez escénica cálida e intimísima. Cada una de las partes, de los movimientos, fluyen hacia el siguiente: no hay interferencias, brusquedades, desajustes. Dentro de la arbitrariedad del arte, Peter Brook tiñe de natural toda resolución.

Muy probablemente este proseguir imperceptible y naturalidad es fruto de años de experimentación, y –más importante aún– de encontrar su posición: desde dónde hablar.
The Suit ejemplifica su labor de storyteller. El cuenta-cuentos fluye entre dos aguas: entre la ficción y el “aquí y ahora”. Donde no hay ensimismamiento. Para el storyteller la escucha del otro es crucial: ofrecer un espacio vacío pero lleno de una potencia fértil para que el espectador pueda imaginar. Creo que esto es el quid del todo su trabajo –con los actores, con el público, con el espacio y el espectáculo–.
Así pues, la dramaturgia del espectáculo está cosida y repuntada para que te acompañe en su viaje, y de ahí no te despegues, uno de los básicos del conta-cuentos. Marie-Hélène Estienne, dramaturga y colaboradora en el espectáculo (y en otros de Brook), rescata una novela sudafricana de mediados de siglo y la sirve en una forma que transita muchas veces el cuento y la más tierna épica.

Así pues, si hay algo que conecte y recuerde algo al espectador/creador contemporáneo, no es su revisión del cuento (cosa que más bien proponía Ernesto Collado recientemente) ni su utilización del espacio y escenografía, sino la importancia de la relación con el aquí y el ahora. Ese story-telling que mantiene un diálogo constante con ese espacio y ese público que hoy asiste al espectáculo.
Y dado todo este trabajo, no es extraño que saliera preguntándome por qué seguimos empeñándonos con el teatro all’italiana, si el juego yace en la relación entre yo-espectáculo y tu-espectador: ¿para qué usar un teatro que lo bloquea cada dos por tres?
¿Por qué programar un Peter Brook si su fuerza y autenticidad se pierde ya en la fila siete?


texto_ oriol lópez          fotografía_ pascal victor

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